…Una historia basada en la gloria de mi bella y querida ciudad del siglo XVI, amalgama del Nuevo y el Viejo mundo. Espero que la disfruten…

Litografía de un ataque pirata en la bahía de Campeche en el Siglo XVII

La carta de la Real Corte había llegado. Colgado de los barrotes de su mazmorra, intentaba sacar la cabeza para ver la entrada del jinete que la traía dando voces.

 

– ¡EAH!

– ¡A UN LADO, ABRAN PASO!

– ¡ABRID LA PUERTA!

– ¡DETENEND LA EJECUCIÓN POR ORDEN DEL VIRREY!

 

Los gritos más dulces jamás escuchados desde que fue recluido en ese lugar. Hacía catorce años que esperaba el momento en que fuera ejecutado, acusado de alta traición a la Corona. Llevaba la cuenta de los días rayando con una tiza las paredes de su horrenda prisión. Su agonía se acrecentó cuando al pasar de los meses, iniciado su cautiverio, las visitas de su amada esposa con su bebé de apenas un año hacia el día de su arresto, se iban haciendo cada vez más lejanas. Ella argumentaba sobre las habladurías de la gente de la Villa, el rechazo y los insultos de los que era víctima a diario a causa de ser la esposa de “un vil y cruel pirata”, el tiempo que no le alcanzaba para poder conseguir el sustento propio y el de su pequeña hija, la cual lloraba sin cesar, inocente de todas las desventuras de su madre y la desgracia de su padre.

 

No había día en el que no asomará la cabeza por los barrotes, intentaba verla pasar u oír su voz entre el gentío que se arremolinaba cada que algún compañero de celda o condena, sería ejecutado en los patios de la prisión. Poco a poco fue perdiendo las esperanzas en su regreso, al ver pasar todo un año de ausencia de su esposa. Le ardía el corazón y las entrañas al no saber el destino de su pequeña bebita, no poder verla crecer ni verla dar sus primeros pasos, su sonrisa, sus balbuceos que se convertirían en palabras al correr de los años… nada de eso vería ya jamás.

 

Los presos no tenían ningún derecho, pero los celadores eran amables con ellos de cuando en cuando, no así con los acusados de piratería, los cuales eran muy frecuentes en aquellos tiempos en los mares frente a la Villa de San Francisco de Campeche. Las murallas en incipiente construcción que servirían para resguardarla de tanto ataque pirata, aún no los amedrentaba en lo más mínimo. Llegaban de improviso, abriéndose camino a estallido de cañón, pistolas, arcabuces y fusiles, arrasando con todo lo que se encontraban a su paso, robando casas, matando hombres y mancillando mujeres y niñas, o raptándolas para llevarlas a los galeones y usarlas en sus fiestas de embriaguez y depravación; finalmente las asesinaban y las lanzaban al mar como alimento para los tiburones.

 

La población vivía aterrada y a sobresalto. Cada que se divisaba un barco en la bahía, los vigías en turno, catalejo en mano, confirmaban la categoría del navío y su procedencia a través de los colores y las insignias de su bandera en el palo mayor de este. Permitiéndoles ingresar a los puertos de abrigo en las playas de la Villa. A diferencia del terror y pánico que sentían al descubrir una bandera negra con una calavera y dos fémures cruzados ondear en lo alto del mástil. Y  solo sí eso era posible, cuando sucedía de día. Porque de noche, los piratas anunciaban su arribo desde dentro de las empedradas calles, causando un gran alboroto y provocando la histeria de los habitantes.

 

¿Cómo iban a tenerle consideración alguna? Recordaba vivamente el día en que fue aprendido…, pescador de oficio, tendía sus redes a no muchas brazas de la costa, intentando capturar algunos peces que se convertirían en alimento y dinero para su hogar. Se fue alejando mar adentro en su pequeña lancha a causa de los pocos resultados obtenidos en casi medio día de ardua y quemante labor. De repente observó el manoteo de un hombre entre las pocas olas que el mar hacía. Se apresuró a sacarlo del agua y a prestarle auxilio, este le dijo que sobrevivió de un naufragio reciente y que lo ayudara a llegar a la costa. Así lo hizo el hombre y lo llevó a la Villa, dejándolo en la puerta de un médico para que lo revisara, en un descuido, el náufrago desapareció dejándolo muy extrañado por tal comportamiento, algunos pescadores que lo vieron le dijeron que no era su problema y siguiera con lo suyo.

 

Al caer la noche el “náufrago” había logrado liquidar a cuchillo al vigía del faro y con señales dio aviso a sus compinches de la vulnerabilidad de la defensa de la Villa. El resto es historia y el botín mayúsculo.

 

Bastaron los testimonios de los pescadores que le habían visto desembarcando junto con el saqueador, para ser acusado de complicidad pirata y alta traición a la Corona. Solo el testimonio de párroco de la iglesia sostenía la inocencia del hombre, por lo que aplazaron la ejecución por tiempo indefinido hasta ser comprobada y aseverada.

 

Catorce años pasaron desde que inició su tormento, por fin noticias de ultramar…

Veredicto: Inocente.

Acto legal: Libertad inmediata en caso de seguir con vida.

 

Con los harapos que llevaba por ropa y sus ansias de volver a ver a su familia, a su pequeña y ver de nuevo su hogar se dirigió hacia el barrio donde otrora vivió. Sin encontrar ni rastros de lo que había sido su casa, preguntaba por todas partes, nadie le reconocía ni le recordaba y de mala gana, un par de ancianos le dieron leves pistas del paradero de su familia.

 

Pensando en que valió la pena soportar las malas condiciones en las que se encontraba dentro de aquella asquerosa mazmorra, la única ración diaria de una hogaza de pan duro o quemado con un cuenco de agua, las tantas veces que no pudo dormir a causa de las golpizas por diversión que recibió de los guardias y demás vejaciones soportadas durante todos esos años de encierro. Hoy día, podría abrazar el motivo de sus esperanzas vivas.

 

Al acercarse al lugar indicado en alguna de las pistas recibidas, observó una casa muy linda, en una quinta frutal, llena de árboles de mandarina, naranja, mango, tamarindo, flores y hortalizas, cercada con piedras labradas y blanqueadas a la usanza maya. Todo era prosperidad y alegría en ese lugar.

Pensándolo dos veces se animó a tocar la puerta preguntando por el nombre de su esposa. Pasaron eternos y agonizantes minutos antes de que la puerta se abriera. De adentro salió una criatura angelical de joven lozanía, hermosa como el sol radiante de la primavera, sus ojos reflejaban una inmensa felicidad y a pesar de los asaltos piratas ya menos frecuentes, parecía que ella vivía sin preocupación alguna. La melodía de su voz lo llenó de alegría puesto que sonaba igual a la de su madre y sus facciones eran por demás las de ella.

 

La bella niña pregunto:

  • ¿A quién busca señor?

 

El hombre con voz tenue y torpe por los nervios balbuceo:

  • ¿La señora De la Barca vive aquí?

 

Ella respondió extrañada y con desconfianza:

  • La Señora De la Barca, era mi madre. Murió al nacer yo y solo mi padre vive aquí conmigo. ¿Quién es usted y por qué la busca? ¿La conocía?

 

El hombre le iba a responder a la niña, cuando un caballero elegante, tomando a la niña del brazo en forma muy delicada, hizo un gesto, la niña comprendió y regresó al interior de su hogar.

 

El caballero, a pesar del desagrado que el hombre le provocaba por su aspecto físico, cuestiono con mucha educación:

  • ¿Señor mío, desearía saber su nombre y cuál es el motivo de su interés por la Señora De la Barca?

 

Cabizbajo y meditabundo por las palabras antes dichas por la niña, decidió contestar la pregunta diciendo:

  • Soy viejo amigo de ella y quería saludarla y saber cómo le ha ido, desde hace años no la veo. ¿La niña es su hija?

 

El caballero con un recelo natural y sin apartar la mirada del andrajoso hombre le dijo:

  • Señor, no sé desde donde venga usted ni cómo conoció a la Señora De la Barca, pero ella falleció hace ya más de 12 años, entró en mi casa con una herida de bala en el pecho, venía huyendo con la pequeña en brazos, la ciudad estaba siendo atacada y la tuve que esconder junto con mis padres dentro de mis muros. No pudimos salvarla. Desde entonces la pequeña se ha convertido en la luz de mi vida y hoy precisamente que cumple sus quince años, será presentada en el Salón Principal como toda una Dama de Sociedad. Si era algo suyo, lamento mucho su perdida. Y si no tiene nada más que agregar le ruego que se retire.

 

Inclinando la cabeza el hombre contuvo las lágrimas que amenazaban estallar ante tan cruel relato que lo había dejado helado. Una avalancha de pensamientos y emociones le aplastaron su frágil corazón, avejentado por el cruel encierro. Haciendo nudo la escasa orilla de lo que llevaba por camisa, levantó la cabeza y con tono firme le dijo al caballero:

  • Usted perdone señor, yo solo quería saber de ella y de su pequeña hija porque…

 

Quedándose sin palabras para seguir explicando y con el llanto contenido, decidió poner fin a la conversación. Dio la media vuelta, se alejó sin rumbo fijo con una idea clavada en el corazón y una pregunta que solo Dios podría contestarle…¿cómo pudo pasarle esto a él?

 

Al acabarse la arena y llegar a la orilla del mar que bañaba sus pies descalzos, mientras contemplaba su inmensidad, siguió pensando en su futuro.

 

  • Ahora entiendo por qué no volví a saber de ella ni de mi pequeña nena, que ahora se ha convertido en toda una dama. ¡Es tan hermosa como su madre! Ella tiene ahora una buena vida, parece que no le hace falta nada, ni yo. Además ¿qué le puedo yo ofrecer? ¡No tengo nada! ¡No soy nadie! ¡Sólo soy la sombra de lo que fui! ¡Con la carga de haber sido acusado de piratería! ¡Malhaya sea mi suerte! Ya no me queda nada en esta vida por lo cual luchar. ¡No le puedo quitar la oportunidad de ser todo lo feliz que su madre y yo no fuimos! No sería justo para ella, es mejor que no sepa nada de mí ni de su pasado.

 

Y tomando una muy seria decisión, volvió sobre sus pasos para indagar sobre el paradero de la tumba de su amada esposa. Al encontrarla en el camposanto, se dejó caer de bruces y lloró, lloró amargamente por largas horas, las pocas fuerzas de vida que le quedaban iban menguando con cada lágrima.

 

Con la llegada de la mañana, llegó a sus oídos los repiques de las campanas del puerto que anunciaban el arribo de un mercante. -¡Una oportunidad!- Antes de irse rumbo al puerto, se despidió de su esposa:

 

  • ¡Amada mía! Perdóname el error que nos llevó a los dos a este triste final. No te preocupes por nuestra hija, se queda en buenas manos, tu último aliento la protegió hasta el final y la dejaste en una buena casa, tiene todo, principalmente amor. ¡Te dejo, duerme en paz mi amor! Voy a buscar mi destino. Aun no sé qué me tiene preparado, pero le ruego a Dios que pronto me lleve a tu lado. ¡Espérame mi amor, no tardaré!

 

Se despidió de ella haciendo la señal de la cruz y tomo camino al puerto, solicitó unirse a la tripulación del mercante sin más paga que su alimentación diaria. No preguntó cuál era el destino del barco, eso no le interesaba, tampoco le interesaba que trabajo realizaría en él, solo sabía que los mercantes eran las presas favoritas de todo barco pirata.

 

Una idea clavada en su corazón lo acompañó al subir al galeón mercante…

 

  • ¡Al menos uno de ellos pagará con su vida por el daño que le hicieron a mi familia o me devolverá la dicha de volver a ver mi amada esposa!

 

¿VALE EL TESORO DE UN PIRATA LA VIDA DE UN HOMBRE HONRADO?

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